Einstein Popular

Albert Einstein en su juventud.


Es sabido que en el año de la formación de Israel como estado independiente, la presidencia del nuevo país le fue ofrecida al judío más famoso de la época, Albert Einstein. También es sabido que, con el gran tino político que sorprendentemente tuvo, Einstein agradeció el honor pero declinó la invitación. Lo que no es muy conocido, es que Ben-Gurión, el artífice de la independencia de Israel, comentó poco después: “Se la ofrecimos porque no teníamos otra opción, pero nos hubiera metido en un gran lío si hubiera aceptado”.

Ésta anécdota probablemente sea falsa, pero retrata bien la personalidad del físico Alemán: estando un día en su casa, su esposa entró a su oficina y le dijo, el embajador de Israel está aquí y quiere verte. Al ver que Albert se disponía a recibir al diplomático con el  aspecto desaliñado de sus últimos años, la mujer lo reprendió, -deberías al menos cambiarte de ropa. Y el genio le contestó con una frase digna de Cristo, -dile al embajador que, si me quiere ver, aquí estoy; pero si quiere ver mi ropa, llévalo a mi closet.

El célebre libro de Álgebra de Aurelio Baldor, en la semblanza de Einstein en el capítulo XXXIX contiene un par de errores que son universales:

1)

“recibió en 1921 el premio Nobel de física por sus trabajos acerca de la Teoría de la Relatividad”

Esto es falso. Era imposible negarle el Nobel a Einstein, pero el comité se cuidó muy bien de no mencionar a la Relatividad en su sentencia. Incluso en esa fecha la teoría era debatida por muchos físicos y los de Estocolmo no quisieron meter la pata. El Nobel se lo dieron por sus trabajos acerca del movimiento browniano y el efecto fotoeléctrico, trabajos de 1905.
2)

“Trabajando con otros científicos de diversas nacionalidades en la universidad de Princeton logró la desintegración del átomo, base de la bomba atómica”.

Y esta errata cuenta por tres. Popularmente se le ha hecho a Einstein el padre de la bomba atómica: Einstein trazó algunos garabatos en su cuaderno y de pronto se dió cuenta de que tenía la receta para la bomba. Pero lo cierto es que él no participó en los trabajos teóricos, y desde luego no en los experimentos, que condujeron a su construcción. Lo que hizo, y claro que no fue menor, fue escribir una carta al presidente Roosevelt de Estados Unidos, llamándolo a apoyar el proyecto de construcción de la bomba, mismo proyecto que los nazis encargaron al físico Werner Heisenberg. Tampoco es cierto que esos trabajos se realizaran en algún momento en Princeton. Se iniciaron en Chicago y se terminaron en Nuevo Mexico. Y por último, no es la desintegración del átomo la base de la bomba atómica, sino la desintegración del núcleo. Hay un mundo de energía entre alterar un átomo y alterar un núcleo, la misma distancia que hay entre la Edad Media y el siglo XX. A un físico nuclear amigo mio le gusta siempre aclarar por qué los alquimistas estaban en busca de un imposible. Transmutar cualquier sustancia en oro requería alterar los núcleos atómicos, y las energías que se requieren están más allá de las energías de las reacciones químicas que sólo alteran la última capa de electrones del átomo.

Ésta historia es verdadera y el protagonista es el dramaturgo irlandés George Bernard Shaw, sin embargo, el imaginario popular ha sustituído a Shaw, un escritor que vió mermada su fama con su muerte y hoy es poco leído, por el arquetipo universal del genio, Albert Einstein: Una bailarina muy guapa se acerca a Einstein y le dice, maestro, cásese conmigo. Soy indudablemente la mujer más bella del mundo y usted es el hombre más inteligente. Juntos tendremos hijos muy guapos y muy inteligentes. Sin embargo el genio replica, mejor no intentamos el experimento, ¡qué tal que los pobres niños heredan la belleza del padre y la inteligencia de la madre!.

Y ésta la he escuchado hasta del mismo Michio Kaku: El viejo Einstein estaba cansado de dar siempre la misma conferencia en todas partes. Las preguntas también eran las mismas de siempre. Lamentándose un día de tener que hacer esa rutina, su chofer lo escuchó y le propuso cambiar papeles, él daría las pláticas y Einstein conduciría; después de todo, el chofer ya conocía también de memoria toda la conferencia. Y así lo hicieron. El chofer se puso el viejo suéter, se desarregló un poco el cabello; el físico se puso un gorro y juntos visitaron varios lugares donde todo fue bastante bien. Hasta que en una universidad un matemático muy bueno hizo una pregunta bastante complicada. Se acabó la farsa, pensó Einstein, ya nos descubrieron. Y sin embargo el chofer resultó más agudo. Mire usted, joven, le dijo al matemático poniendo cara solemne, esa pregunta que usted acaba de hacerme es tan fácil que incluso mi chofer, aquí presente, es capaz de contestarla por mi.

Hay personajes en los que la verdad y el mito se funden de manera casi indistinguible. Mil y un historias como éstas circulan hoy. Ningún historiador, sin una fuente “confiable”, las daría por buenas. Y sin embargo la gente común, a la cual la figura caricaturesca de Einstein siempre le ha parecido simpática, no necesita fuentes para hacerlas contar una y otra vez. Hablando de Pancho Villa, Paco Ignacio Taibo II dice que todas esas leyendas son sacadas a patadas de la historia, pero también advierte que, aunque puede no ser cierta, nadie tiene la leyenda si no se la merece. Einstein la merece.